Lo que estoy escribiendo
Novela
Octubre 2009
Fragmento del primer capítulo: "Lejos del ruido de los tranvías, Rodrigo, hecho una bolita frente a la corriente de agua marrón, aprieta los dientes y le parece que eso es lo único que ha venido haciendo desde que llegó a Europa. Pero además de la mandíbula tensa, ahora su frente es una piedra, los pliegues del pensamiento rayados como surcos.
Nada de lo que lo rodea le es ahora presente —el agua que arrastra una lata de cerveza entre la espuma, dos mujeres a las que les cuesta remar, los gritos de un chico con pantalones cortos a quien se le acaba de caer una pelota al agua—; con las piernas dobladas sobre el pecho y las manos apretando las rodillas, escucha aquella voz: un cincuentón vencido, resentido hasta en el cuerpo flaco. Lo escucha, lo ve —no ve el río, ni la costa arbolada de la isla que tiene enfrente, no escucha esa música de circo mezclada con el ir y venir de las grúas—, escucha aquella voz: dos años atrás, en una imprenta en Barcelona, donde ensobraba publicidades.
Y está allí otra vez.
Un hangar frío de máquinas viejas; escucha las palabras amargas como una mala profecía: “Sin papeles, no hay primer mundo, pibe. Andá sabiéndolo”.
Contesta sin hablar: “¡Qué mierda sabés vos cómo estaba yo allá!” y sigue moviendo los labios aunque ahora no imagina las palabras. Tiene los ojos fijos en el pasto donde un papel de caramelos, a medias aplastado por una piedra, se sacude con el viento.
Piensa: “Me maldijo aquel tipo, maldito, cara de brujo, cara de mal tipo. Ahora lo veo, me ojeó, me envenenó de mierda, me pasó su veneno de mal tipo fracasado. Tengo que sacarme ese veneno de encima o sino voy a seguir dando vueltas como una calesita, o me voy a seguir enterrando cada vez más en la mierda de mal tipo fracasado que me pasó ese tipo. Ahora lo veo, tengo que sacármelo de encima como sea, una montaña de mierda…”.
Alza la vista y mira el río —pero no ve el agua marrón que apura la marcha por el canal estrecho, no ve la espuma que se apelotona alrededor del tronco de un árbol que ha caído de la isla—; lo que ve, es la silueta flacucha de un fantasma sobre el agua y una sonrisa torcida cargada de malicia —no escucha una voz de niño que grita en húngaro desde la margen opuesta, no escucha la risa contagiosa de dos mujeres ni el chapoteo de sus remos—; lo que escucha es una voz ronca, venenosa “ya vas a ver, pibe, ya vas a ver, yo se lo que te digo”.
—Ahogáte, morite. Qué me venís a explicar a mí cómo son las cosas. Justo a mí —esto lo ha dicho sacudiendo la cabeza, en un murmullo; pero a él le ha sonado a grito desbordado, a manotazo sobre el espectro flaco.
Y lo que ve ahora sobre el agua marrón es un bote que se aleja aguas abajo, el pelo rubio de una de las chicas, los ojos rasgados de la otra, la cara enrojecida; un niño en cuclillas, llora en la margen opuesta; una grúa asoma sobre los árboles en la isla.
De un salto está de pie. Sobre su cabeza las ramas de un sauce se curvan hacia el agua.
Se acaricia el pelo revuelto de rulos negros. La palma de la mano va y viene sobre los rulos en un disfrute de ese pequeño acto inconsciente. Dos hombres pasan frente a él, remando a toda velocidad sobre una canoa amarilla. Llevan remeras blancas y guantes de neopreno.
Hay algo en la manera en que se deslizan sobre el río —esos movimientos rítmicos de los remos al hundirse—, algo que lo enerva en esa concentración sudorosa.
Rasca la tierra seca, arañando, raspando con las yemas hasta que arranca un terrón grande. Lo arroja con fuerza y es como si en aquel pedazo de tierra que gira en el aire fuera concentrada toda su furia; el terrón cae al agua y en lugar de la enorme explosión vengadora que esperaba, en lugar de que el río estallase en una lluvia de agua maldita, sólo escucha un glup y el pedazo de tierra desaparece, tragado por el agua oscura.
Se abren las nubes. El sol intenso de principios de agosto le pega de lleno sobre el uniforme de camarero: pantalones de vestir de tela de lona gruesa —demasiado gruesa para el verano— y zapatos negros que alguna vez fueron brillantes.
Se quita los zapatos a sacudones como si tuviera las suelas enmerdadas; se deja caer sobre el pasto; la camisa se la arranca y el delantal lo desanuda de un tirón.
Siente de golpe la brisa cálida en el pecho desnudo y esto hace que note, por contraste, la rigidez de sus dientes apretados. Intenta relajarse, pero no lo deja el recuerdo de esa mañana maldita.
Se echa hacia atrás para rebuscar en los bolsillos del pantalón que está hecho una bola sobre el pasto. Toma un cigarrillo. Lo enciende. No aprendo más, piensa y pega una larga calada, ¡cuándo en la vida voy a aprender a callarme un poco la boca!
Los dos remeros vuelven a pasar frente a él. Se para de un salto, la cara enrojecida y grita: —¡Eh! ¡Ustedes! —Sacude los brazos y estira la cabeza como si fuera a dislocarse el cuello— ¡Qué se tienen que andar pavoneando con su canoíta de mierda! —Los señala, les hace un corte de manga. La canoa sigue su curso. El más alto lo mira un segundo y luego vuelve a mirar al frente.
Rodrigo revolea un pedazo de tierra; tambalea..."
Nada de lo que lo rodea le es ahora presente —el agua que arrastra una lata de cerveza entre la espuma, dos mujeres a las que les cuesta remar, los gritos de un chico con pantalones cortos a quien se le acaba de caer una pelota al agua—; con las piernas dobladas sobre el pecho y las manos apretando las rodillas, escucha aquella voz: un cincuentón vencido, resentido hasta en el cuerpo flaco. Lo escucha, lo ve —no ve el río, ni la costa arbolada de la isla que tiene enfrente, no escucha esa música de circo mezclada con el ir y venir de las grúas—, escucha aquella voz: dos años atrás, en una imprenta en Barcelona, donde ensobraba publicidades.
Y está allí otra vez.
Un hangar frío de máquinas viejas; escucha las palabras amargas como una mala profecía: “Sin papeles, no hay primer mundo, pibe. Andá sabiéndolo”.
Contesta sin hablar: “¡Qué mierda sabés vos cómo estaba yo allá!” y sigue moviendo los labios aunque ahora no imagina las palabras. Tiene los ojos fijos en el pasto donde un papel de caramelos, a medias aplastado por una piedra, se sacude con el viento.
Piensa: “Me maldijo aquel tipo, maldito, cara de brujo, cara de mal tipo. Ahora lo veo, me ojeó, me envenenó de mierda, me pasó su veneno de mal tipo fracasado. Tengo que sacarme ese veneno de encima o sino voy a seguir dando vueltas como una calesita, o me voy a seguir enterrando cada vez más en la mierda de mal tipo fracasado que me pasó ese tipo. Ahora lo veo, tengo que sacármelo de encima como sea, una montaña de mierda…”.
Alza la vista y mira el río —pero no ve el agua marrón que apura la marcha por el canal estrecho, no ve la espuma que se apelotona alrededor del tronco de un árbol que ha caído de la isla—; lo que ve, es la silueta flacucha de un fantasma sobre el agua y una sonrisa torcida cargada de malicia —no escucha una voz de niño que grita en húngaro desde la margen opuesta, no escucha la risa contagiosa de dos mujeres ni el chapoteo de sus remos—; lo que escucha es una voz ronca, venenosa “ya vas a ver, pibe, ya vas a ver, yo se lo que te digo”.
—Ahogáte, morite. Qué me venís a explicar a mí cómo son las cosas. Justo a mí —esto lo ha dicho sacudiendo la cabeza, en un murmullo; pero a él le ha sonado a grito desbordado, a manotazo sobre el espectro flaco.
Y lo que ve ahora sobre el agua marrón es un bote que se aleja aguas abajo, el pelo rubio de una de las chicas, los ojos rasgados de la otra, la cara enrojecida; un niño en cuclillas, llora en la margen opuesta; una grúa asoma sobre los árboles en la isla.
De un salto está de pie. Sobre su cabeza las ramas de un sauce se curvan hacia el agua.
Se acaricia el pelo revuelto de rulos negros. La palma de la mano va y viene sobre los rulos en un disfrute de ese pequeño acto inconsciente. Dos hombres pasan frente a él, remando a toda velocidad sobre una canoa amarilla. Llevan remeras blancas y guantes de neopreno.
Hay algo en la manera en que se deslizan sobre el río —esos movimientos rítmicos de los remos al hundirse—, algo que lo enerva en esa concentración sudorosa.
Rasca la tierra seca, arañando, raspando con las yemas hasta que arranca un terrón grande. Lo arroja con fuerza y es como si en aquel pedazo de tierra que gira en el aire fuera concentrada toda su furia; el terrón cae al agua y en lugar de la enorme explosión vengadora que esperaba, en lugar de que el río estallase en una lluvia de agua maldita, sólo escucha un glup y el pedazo de tierra desaparece, tragado por el agua oscura.
Se abren las nubes. El sol intenso de principios de agosto le pega de lleno sobre el uniforme de camarero: pantalones de vestir de tela de lona gruesa —demasiado gruesa para el verano— y zapatos negros que alguna vez fueron brillantes.
Se quita los zapatos a sacudones como si tuviera las suelas enmerdadas; se deja caer sobre el pasto; la camisa se la arranca y el delantal lo desanuda de un tirón.
Siente de golpe la brisa cálida en el pecho desnudo y esto hace que note, por contraste, la rigidez de sus dientes apretados. Intenta relajarse, pero no lo deja el recuerdo de esa mañana maldita.
Se echa hacia atrás para rebuscar en los bolsillos del pantalón que está hecho una bola sobre el pasto. Toma un cigarrillo. Lo enciende. No aprendo más, piensa y pega una larga calada, ¡cuándo en la vida voy a aprender a callarme un poco la boca!
Los dos remeros vuelven a pasar frente a él. Se para de un salto, la cara enrojecida y grita: —¡Eh! ¡Ustedes! —Sacude los brazos y estira la cabeza como si fuera a dislocarse el cuello— ¡Qué se tienen que andar pavoneando con su canoíta de mierda! —Los señala, les hace un corte de manga. La canoa sigue su curso. El más alto lo mira un segundo y luego vuelve a mirar al frente.
Rodrigo revolea un pedazo de tierra; tambalea..."
Detective bonaerense: Blogonovela (www.detectivebonaerense.blogspot.com)
El detective bonaerense Aristóbulo García se ha trasladado a Suecia siguiendo la pista de “Arañita”, uno de los fugitivos del Robo al Banco de Acasusso. Desde Uppsala escribe y publica su cuaderno de notas donde va mostrando la evolución del caso. Cercado por la nieve y sin comprender el idioma, junto a su ayudante Amadeo, enfrenta el desafío con la ayuda de Olof, detective de la policía local. Se hace pasar por escritor y esta máscara que ha elegido despierta su pasión dormida. El cuaderno de notas que escribe y publica en Internet es otro desafío dentro del desafío de encontrar a “Arañita”. Aparte del día a día de la búsqueda, Aristóbulo irá transcribiendo sus preciados cuadernos manuscritos que atesoran los detalles de los casos que lo han catapultado desde su lejano despacho en la seccional Lomas de Zamora hasta su puesto como jefe de investigaciones Interpol Latin America.



2 Comentarios:
Ayer tuve noticias tuyas en el taller, te sigo por el blog.
¡¡¡Cómo creciste pibe desde el legendario "El loco Matías!!!
Te extraño. La Gorda Teresa
Por
Anónimo, at 6:24 PM
Hola, encontre tu blog por la revista Hecho en baires. Es muy interesante lo que haces y te felicito.
Hasta la proxima visita.
Saludos.
Por
Todos tienen algo para contar...], at 3:21 PM
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